16 de julio

Cada mañana me da por pensar cómo hace unos años, cuando era más fuerte, más joven y tenía mucho más éxito con las mujeres, aprendí a vivir el presente.

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15 de julio

Todos los días me despierta el sonido de un buzón que se abre y se cierra. O quizás me lo imagine. Quizás deseo con tanta fuerza que me llegue la dichosa carta que la idea se mete en mis sueños. No lo sé, pero me despierta.

El caso es que hoy no ha sonado y me he despertado a media mañana. Me han llamado del trabajo diciéndome que ya no hacía falta que fuera, que estaba despedido.

Total que ya no tengo trabajo y tampoco tengo carta. Me vuelvo a la cama.

14 de julio

El césped de mi piscina es artificial. De un tono verde apagado por los años, duro al tacto y brillante cuando el sol de la tarde le pega de lleno. Normalmente -sobre todo a partir de las siete de la tarde- es imposible andar descalzo sobre él, ya que da la sensación de ser uno de esos faquires que caminan sobre ascuas. El problema es que yo no soy un semi-mago de la India. Nunca he tenido madera para esa profesión. Así que tengo que andar por el borde de la piscina hasta llegar a la única sombra de todo el recinto.

Hoy, pese a todos los días que he venido practicando, he sufrido un ligerísimo traspiés y he dado con mi cuerpo en el agua. En la zona profunda. Podría haberme enfadado, haber gritado hasta quedarme afónico y haber clamado al cielo por no tener un césped como Dios manda y verme obligado -por ello-  a tener que ir por el borde hormigonado.

Sin embargo he sabido ver el lado positivo; no hay hormigueros alrededor de la toalla, no hay calvas que dejen ver la tierra de debajo y la comunidad de vecinos se ahorra los costes de mantenimiento.

También he sabido ver una moneda de dos euros en el fondo que me ha apañado la tarde.

Deseo.

Me mandaba besos embotellados con olor a mar y a pinos. La oía a lo lejos como el lamento del viento y conchas por dentro. La sentía tan fuera que quemaba como ascuas de hoguera y espinas de chirosia en flor.
Ojalá no tuviera un amor con adjetivos ni metáforas. Ojalá sólo la tuviera a ella.

Meine Liebe.

No quiero volver a verte nunca más, pensaba Aldous Müller mientras tiraba su pin con forma de esvástica a la basura y cerraba la tapa. No quiero volver a escuchar mierdas propagandísticas ni a leer panfletos revolucionarios, se decía a sí mismo. Nada de reuniones arias en sótanos oscuros ni días de prácticas de tiro. Él ya solo tenía ojos para Jeannette, su diosa de ébano, rompedora de prejuicios y gran cocinera. Jeannette —o Jota, como él la llamaba cariñosamente— con sus anchas caderas y su cuerpo azabache. Un cuerpo donde el odio no tenía cabida.

Su particular Solución Final.

El único Mein Kampf que importaba.

Partes de la crisis.

​Desde una viga del techo varios jamones colgaban de cuerdas mientras curaban. El jamón del señor Gracia a la derecha, junto al del señor Mir. El de la señora Miralles en medio de varios jamones de la familia Prim. Y así uno tras otro.

Años después del comienzo de la crisis, poder elegir un jamón era desde luego una suerte, aunque para ello el señor Gracia, el señor Mir, la señora Miralles y la familia Prim quedaran postrados en silla de ruedas.

Peor sin duda sería haber tenido que elegir entrañas, corazón o incluso criadillas.